lunes, 29 de abril de 2019

Manuel Malaver: ¿Por qué Maduro terminó aceptando la ayuda humanitaria?

Manuel Malaver

Una respuesta con alguna probabilidad de explicar la violación del juramento de Maduro de que la ayuda humanitaria “ingresaría solo sobre mi cadáver”, es la presión disparada desde las filas del PSUV que, al final, se impuso con el argumento de que, era imposible mantenerse mucho más tiempo en el poder con una crisis alimentaria y sanitaria creciente que, ya tocaba a la propia dirigencia y hacia estragos en la totalidad de una población que se moría, enfermaba o continuaba exponenciando el exilio.


Pero si no desde las oficinas o despachos de una burocracia partidista cuya insignificancia en la administración y las calles ha venido invisibilizándola, y, virtualmente, haciéndola írrita, creo, más bien, que la presión pudo llegar desde los cuarteles, de los mandos medios y bajos de la FAN (los responsables de la movilización de las tropas), impactados por las protestas, la anarquía y las deserciones, no siempre de origen político, sino también bien provocadas porque, entre la soldadesca, los alimentos, las medicinas y el presonal y equipos médicos escasean, como en cualquier barrio o urbanización de Caracas y del interior.

Descontento que explicaría por qué los cuatro componentes de la FANB (Ejército, la Armada, la FAV y hasta la GNB) aparecen cada vez menos involucradas en operaciones militares de cualquier índole (incluidas las represivas) y son las fuerzas paramilitares, los civiles armados que llaman “Colectivos”, quienes, se han echado sobre los hombros la defensa armada de un régimen tan aislado dentro y fuera del país, como solo pueden serlo los carteles calificados de “narcotraficantes”, o las organizaciones terroristas.

Hay, sin embargo, observadores, analistas, comentaristas y comunicadores de la política venezolana (de todos los que a veces se hacen llamar “politólogos”) que han saltado de sus asientos para expresar su desacuerdo con una, o las dos, de mis hipótesis de “respuestas”) y, casi al unísono, me han argumentado que no hay en estos momentos ni en el PSUV, ni en la FANB, “fuerzas” que puedan oponerse a una decisión de Maduro, y más bien encuentran en la “aceptación de la ayuda” una marramucia, estratagema, ardid, o zamarrería para hacer creer a la comunidad internacional -y sobre todo a los sectores “pacifistas” del “Grupo de Lima” y de la Administración Trump-, que el presidente del Poder Ejecutivo venezolano, también es capaz de ceder, plegarse a una presión bien articulada desde el exterior y sentarse con la oposición venezolana y sus enemigos del exterior a buscarle una salida “pacífica y consensuada” a los profundos disensos que hoy dividen a la nación venezolana.

Una tesis que, sin duda, compraría una parte de la oposición venezolana representada en la AN (habló de AD, UNT, Avanzada Progresista y un sector opositor que sigue al excandidato presidencial y exgobernador de Miranda, Henriquez Capriles) que, no obstante, acompañar al Presidente de la AN y Presidente Encargado de la República, Juan Guaidó, en su propuesta de derrotar al dictador desde la movilización de calle y las sanciones de la comunidad internacional, piensan que las mismas también pueden servir para forzar al sucesor del “comandante eterno” a un diálogo, a un acuerdo consensuado, del cual surga la constitución de otro CNE con paridad Maduro-Guiadó y unas elecciones limpias, confiables y transparentes que conducan a la paz y a la formación de un nuevo gobierno.

Suerte de milagro de la Semana Mayor que actualmente celebran los cristianos venezolanos, y del cual sería anuncio la serenidad y buen ánimo con que Maduro y las fuerzas que lo apoyan han aceptado el ingreso de la ayuda humanitaria, y quien sabe si hasta la implementación de otras medidas para recuperar la economía y crear un clima político que alejen los tambores de la confrontación y la guerra.

Y la verdad es que, si tras la aceptación de la ayuda humanitaria subyace el objetivo de procurarse más y más aliados para el diálogo tanto dentro, como fuera del país, estamos ante la implementación de una hábil jugada política que, si por un lado permite proclamar que se trata de uno de los primeros logros reales del “Efecto Guiadó”, también puede prestarse para sostener lo contrario: de que con paciencia y persistencia se puede lograr “lo grande y lo pequeño” y sin recurrir a movilizaciones, sanciones, golpes de Estado y, mucho menos, intervenciones extranjeras.

Claro que, tales “victorias” para el socialismo madurista, chavista y castrista (que todas estas “ tendencias y denominaciones” tienen sus peculiarides, sus distintivos y emblemas) no podrían lograrse sino con la pérdida de dogmas sagrados para la ideología, como son aquellos de que en el socialismo no puede haber crisis humanitaria porque llegó, precisamente, para romper las cadenas de las necesidades materiales, aquellas con las que el capitalismo exclaviza al hombre, y sustituirlas por la libertad que emana en un sistema donde ya no hay explotación del hombre por el hombre.

Ruptura con la tradición de una verdad sagrada -y hasta revelada- que no permitió que los rusos, los chinos y los cubanos aceptarán jamás que la inviabilidad del sistema había llevado a sus pueblos a hambrunas y pestes peores que las medioevales, y, llegaron a cometer absurdos de preferir que la muerte por hambre y enfermedades diezmara sus países, antes de convenir que el empeño de socializar “a lo marxista” debía ser rechado y hasta combatido.

Postulemos, entonces, como un logro de la oposición venezolana y de los países democráticos que la apoyan, la aceptación por parte de Maduro de la ayuda humanitaria, lo cual, simplemente, no significa otra cosa que, después de 20 años, el socialismo ha conducido al pueblo a la hambruna y a un estado de colapso social que, sin la asistencia de los países demócraticos y capitalistas, sería imposible su sobrevivencia.

Admisión de la falsedad de un artículo de la fe que algunos críticos del socialismo califican como una “religión atea” y que, no hay duda, aparecerá pronto en las polémicas que actualmente se desarrollan en el globo y, en las cuales, quienes representan una suerte de revival de la doctrina de Marx, la defienden por lo que acaban de establecer en Venezuela Maduro y sus seguidores: la explotación del hombre no se liquida en el socialismo, más bien se profundiza, y puede conducir a retrocesos como los que se vivieron en la Edad Media.

Pero más allá de que Maduro haya dado el paso a que ningún otro régimen socialista se había atrevido hasta ahora, el de admitir que el socialismo, aun después de 20 años no acaba, sino que profundiza, la victimización de los pobres, de los explotados, podría argumentarse a su favor que el socialismo no se instarura por sus victorias ideológicas sino por sus triunfos políticos, y que es preferible dejar el legado de Marx malparado y magullado, antes que perder los espacios de poder político que se han conquistado.

En ese sentido, cabría recordar el pragmatismo del político Stalin y el idealismo del teórico Trosky, el primero defendiendo la tesis “del socialismo en un solo país” y el segundo abogando por “el internacionalismo proletario” que era más leninista pero menos posible de instaurar en la Rusia que a los dos le tocó heredar.

Del líder chino, Deng Siao Ping, también podría decirse lo mismo, echando por la borda los dogmas marxistas de Mao Tse Tung pero asegurando el poder para el Partido Comunista Chino apostando a un modelo mixto capitalista en lo económico, pero comunista en lo político.

Maduro, en consecuencia, podría estar pensando en que, lo que necesita es fortalecerse en el político, con un diálogo que le permita ganar tiempo y desarmar a la oposición, mientras que la ideología puede esperar por líderes menos pragmáticos y más idealistas, románticos y marxitas-leninistas puros, pero sin poder político alguno.

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