miércoles, 27 de marzo de 2019

ARMANDO INFO: Las 96 horas salvajes del apagón que solo iba a durar tres

ARMANDO INFO

No es poca cosa la oscuridad total. Menos en la capital densamente poblada de una Venezuela afectada por la hiperinflación, el miedo y la dictadura. Mucho menos durante cuatro días seguidos en los que se borra la paciencia o se descubre la resistencia entre la necesidad de trabajar, tratar de tomar un baño, resguardar lo que se tiene y hacer sonreír a los niños. En esta crónica a ocho manos se descubre una Caracas vulnerable e inverosímil que suplica, como el país, que lleguen días mejores



Jueves

El blackout fue inmediato. “Sin servicio”. La luz se fue a las 4:50 de la tarde del jueves 7 de marzo en Caracas y junto con el corte de energía eléctrica también se desvanecieron las comunicaciones. “Sin servicio” es la frase que se instala en la pantalla de los teléfonos móviles para recordar que mientras lo leas no tienes ni tendrás certeza de nada. No importa con cuál de las tres empresas de telefonía celular se cuente (las privadas Movistar o Digitel, o la estatal Movilnet), ninguna responde cuando se apagan una urbanización, una ciudad, y mucho menos un país. No se sabe qué ocurrió, no puedes llamar a tu familia, no puedes despejar dudas.

En medio de ese blackout, sales de la oficina antes de que se oculte el sol para llegar a casa con luz natural. Y lo que presumías como un apagón más, de esos que abundan en el país suramericano desde que se decretara la “emergencia eléctrica” en 2009, se va configurando como algo mucho más grave. En las emisoras de radio, que solo puedes escuchar desde el carro, las primeras informaciones hablaban de una caída en la central hidroeléctrica más importante de Venezuela, Guri, y que a las seis de la tarde había al menos 16 estados sin electricidad.

Vas rodando por la ciudad mientras chequeas cada dos minutos la pantalla del celular para ver si ese “Sin servicio” desapareció; lo guardas junto al asiento, sientes una vibración y lo levantas de nuevo. Han entrado algunos mensajes de WhatsApp y Telegram, sientes un poco de alivio porque recuperas señal y comienza la cacería: ¿cuál fue el punto exacto donde entró la señal? Das vueltas por las mismas tres calles varias veces girando la mirada al teléfono y volviendo a ver al frente para no chocar al de adelante. ¡Bingo! Te estacionas, lees los mensajes y respondes los que puedes. Son las 6:30 de la tarde y luego de creer que tienes todo bajo control porque leíste y respondiste varios asuntos laborales, sigues hasta tu casa. Tampoco hay luz. No hay mayor preocupación, debería llegar pronto.

Alrededor de la parroquia La Candelaria, en el centro de la ciudad, comienza a dibujarse la geografía del caos. La estación de metro de Parque Carabobo, a media cuadra del Ministerio Público, a dos del Ministerio de Agricultura y a tres del Ministerio de Interior, Justicia y Paz, no podía recibir a más personas. Los buhoneros vociferaban la noticia obvia: no había luz. Las personas no terminaban de bajar los 85 escalones que conducen a los torniquetes que dan acceso al subterráneo y, los que se atrevían a bajar veían el único andén lleno de rostros preocupados y sudorosos, que se agolpaban en las escalera mecánicas inservibles para poder salir. Algunos se aferraban a la esperanza del alcanzar el transporte superficial –escaso desde hace más de un año-, agarraban sus carteras con fuerza y asomaban el reloj del celular.

Niños aún con camisa escolar, mujeres, jóvenes en manadas, uniformados ministeriales, obreros con el morral tricolor. El poco transporte hace rato estaba sobrepasado en su capacidad. Cobraban dos o tres veces más por sacar a las personas de La Candelaria, cruzando la avenida Andrés Bello y dejándolos en Plaza Venezuela. Los mototaxis empezaron a escasear como el sol, ya a punto de ocultarse. Su lugar lo fue tomando una hilera de personas como en eterna procesión a casa.

En la céntrica avenida Urdaneta, los comerciantes cerraron la Santamaría -como en Venezuela se conocen las rejas metálicas de acordeón, plegables-, pensando que sería quizá un asunto de horas. Quedaron abiertos locales de comida, panaderías y farmacia, con personas vigilantes en su entrada observando la escena. Los semáforos apagados, funcionarios de la Policía Nacional en algunas esquinas desorientados, sin saber bien cómo controlar la situación, los carros agolpados tratando de salir y esquivar los huecos, las personas tratando de cruzar las calles. Muchos miraban sus teléfonos, constatando que tampoco tenían señal.

Todo funcionaba con los sentidos de alerta encendidos, bajo el paraguas de la intuición. Licorerías de la zona, cual plaza pública, reunían a unos pocos que no tenían apuro en llegar y esperaban que bajara la marea humana. Elucubraban hipótesis de lo ocurrido y hasta asomaban el fin apocalíptico del gobierno. Otro dijo que “al parecer habían detenido a Guaidó”.

De pronto se fue haciendo el silencio, ese fiel compañero de la oscuridad. En algunos edificios era tan intenso que permitía escucharlo todo, hasta las reuniones de los vecinos en las plantas bajas y el esfuerzo de los niños, en un edificio de La Alameda, de distraerse haciendo una pequeña fogata a la que se unieron los adultos ante la imposibilidad de hacer cualquier otra cosa. "¿Qué estará pasando realmente? ¿Cuánto irá a durar esto?". Las baterías de los celulares comenzaron a agotarse y la gente comenzó a guardarse prefiriendo reservar la única iluminación que tendrían para la escalera de emergencias: la linterna del celular.

A esas alturas no se sabía nada, y lo poco que se sabía era que el ministro de Energía Eléctrica, Luis Motta, había dicho nuevamente que se trataba de un “saboteo” y que el servicio comenzaría a restablecerse en tres horas.

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