lunes, 4 de febrero de 2019

¿Cuánto tiempo más resistirá Maduro alzado contra la Constitución?

La Venezuela de dos gobiernos paralelos. Tanteando las consecuencias del tipo de sistema político mixto que comenzó a instaurarse con el arribo del chavismo al poder, no era absoluto arbitrario avizorar un futuro donde dos denominaciones de gobierno, uno democrático y otro dictatorial, podrían en un momento dividirse en mitades la administración del país.


Chávez, en efecto, llegó por fuerza, maña o experimentación a ejercer la presidencia de la República con la oposición en mayoría en las dos cámaras legislativas y aun con un control ambiguo en la fiscalía, y los poderes electoral, contralor y judicial.

Quiere decir que fue haciendo valer el autoritarismo, el militarismo y el populismo desde el presidencialismo que le otorgó la nueva Constitución, la Bolivariana, como fue mutilando el resto de los poderes, haciéndoles caer en minusvalía, coartándolos, yuxtaponiéndoseles y, en conjunto, “usándolos” para que se dijera que en Venezuela, no solo había democracia sino también protagónica, participativa y socialista.

En realidad, plebiscitaria, pues la mayoría de los abusos que se acostumbró a ejercer desde el poder, no salían de la Constitución, sino de asambleas multitudinarias que, presuntamente, le trasmitían la “voz de Dios”.

Pero aún en los tiempos en que acumuló más poder y pudo optar porque el neototalitarismo fuera algo más que una acusación de las tantas que le acuñó la oposición, compartió espacios con los partidos opositores, reconoció que había perdido casi la mayoría de las gobernaciones en las elecciones regionales del 2008, o casi la de de diputados en la Asamblea Nacional en las elecciones parlamentarias del 2010 y así, el pronóstico de que algún día el país podría ser regido por “dos gobiernos” se mantuvo latente, pero no posible.

Pero el modelo mixto chavista que combinaba neototalitarismo socialista con simulación de pluralismo democrático, a través de un sistema de alternabilidad electoral que hemos llamado “dictadura electoralista”, llegó a su fin con la muerte del “presidente eterno” el 6 de marzo del 2013 y su sucesión por Nicolás Maduro en abril de ese mismo año, luego de ganar unas elecciones acusadas por la oposición de “fraudulentas” y enfrentar en el primer semestre del 2014 una ola de protestas populares que casi dan al traste con su mandato mediocre, hambreador y represivo.

Un rechazo más contundente esperaba a Maduro en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de 2015, cuando una mayoría de casi ocho millones de electores (el 15 por ciento del total de votantes) le dio la mayoría absoluta a la oposición democrática en la Asamblea Nacional que, desde ese momento, se convirtió en el “otro poder” y en el germen, en la semilla, de los cuales saldrían las luchas, las victorias, las derrotas, las marchas y contramarchas que conducirían al desenlace, al siempre negado pero inevitable desenlace de que, Venezuela, sea hoy un país con dos gobiernos, con dos administraciones y dos modelos, uno de los cuales, por supuesto, tendrá que prevalecer, pues de perpetuarse y hacerse costumbre tal dualidad, ya hablaríamos de dos países, de dos repúblicas.

Pero el modelo de gobiernos paralelos en un mismo país, o de dualidad en desarrollo que evoluciona para imponerse al final una de los factores en pugna, no es tan novedoso, ni rompedor como tiende a creerse, si nos acordamos de la situación polaca de comienzos de los 80 del siglo pasado, cuando, una huelga de obreros portuarios en los astilleros de Gdanz, liderado por un sindicalista, Lech Walesa, se mantuvo en pie de lucha contra el gobierno del general Jaruselski que representaba la ocupación rusa, y fue durante casi 10 años acumulando poder nacional e internacional, hasta convertirse en la fuerza que, a raíz del colapso del comunismo soviético, culminó iniciando el proceso que condujo a Polonia hacia la democracia.

Por supuesto que, en el caso venezolano, no estamos diciendo ni por asomo que los dos gobiernos paralelos se extenderán por una tan larga línea de tiempo, puesto que, después de 20 años de forcejeos entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, es el primero el que ha concluido descociéndose, deshaciéndose, descoyuntándose, en tanto el segundo está en la plenitud de sus fuerzas motoras, correctoras y lideradoras.

Es la consecuencia de haber acumulado tanta fuerza, tanto poder, tanta violencia, para transmutarlos en los abusos, las injusticias, las corruptelas, las desigualdades y la inutilidad del socialismo.

Y dejándoles a los ciudadanos una vía de escape, la electoralista, que aunque estuviera intervenida y se convirtiera en la “dictadura del voto”, permitió a los venezolanos la victoria en las urnas del 6D del 2015 que podemos anotar ya como el primer capítulo del final de esta historia.

Y es por haber ganado la mayoría absoluta en la AN, bien fuera por la torpeza, o las mañas del chavismo, por lo que nos permitimos que el Poder Legislativo y su presidente, Juan Guaidó, que fue elevado en dos Cabildos, primero, a presidente interino y después a presidente encargado, sean los llamados a resolver a favor de la democracia y de la libertad la actual pugna por la presidencia de Venezuela , y que, en cuestión de días o semanas, un conflicto cuya solución tardó en empeñarse, pero que, se desenvuelve en el mejor tiempo y con las mayores ventajas para la oposición democrática, sea la puerta de ingreso a la reconquista de una Venezuela en democracia y libertad.

A este respecto, lo primero que podemos anotar es que, el madurismo pasa por la etapa de mayor rechazo entre las mayorías populares, lo cual pudo verse el miércoles pasado 23 de enero, mientras la posición daba muestra de un apoyo en la calle como jamás había tenido en estos 20 años de lucha por la recuperación del poder.

Por su parte, Maduro va a este desiderátum huérfano de todo apoyo popular, sin un partido que pueda movilizar ni un cuarto de su militancia, y una burocracia cada vez más empeñada en desmarcarse del régimen y hacer cuando le sea posible por desmoronarlo.

Dato de la mayor importancia: ya ni el chavismo ni el madurismo existen en los barrios populares, pues no solo han sido fundamentales en la organización y fuerza de las últimas movilizaciones opositoras, sino que se aprestan como una trinchera que contiene y contrarresta la represión totalitaria.

En cuanto al cada día más epicéntrico escenario internacional, ya sabemos que la mayoría de países de la OEA, la EU y de las principales instituciones económicas, políticas y financieras de los dos continentes apoyan al gobierno del presidente encargado, Juan Guaidó, y se disponen a suministrarle los recursos que precisa para que concluya siendo el único jefe del gobierno venezolano.

En otras palabras que Maduro terminó recostado de las bayonetas y los fusiles de una cohorte de generales y coroneles que todos sabemos respaldan a sus “comandantes en jefes” hasta tanto la justicia nacional e internacional no los solicite para llevarlos al banquillo de los acusados y sea hora de pasar a retiro o apartarse para que las patrullas que recogen a los malhechores en los calles no les pongan los ganchos.

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